sábado, 4 de abril de 2009

Sosiego


La velocidad de la respiración refleja el pálpito del corazón, y éste es testigo sufridor del delirante ritmo con que vivimos algunos. Ante la pantalla, nuestra letanía interdental suplica días de veintiocho o treinta horas y, al final de cada jornada, aún sentimos que no nos ha cundido nada. Dormimos seis o siete horas y el resto de recorrido visible del sol lo quemamos sin apaciguar el jadeo.
Me voy al Sáhara, con mis hermanos exiliados: inspiraré hondo, y dejaré que el desierto, ése que «no se mueve, porque todo puede esperar» me contagie algo de su serenidad. Sin pasarme.

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