lunes, 1 de abril de 2013

El líder hortelano



Si el líder indiscutible se empeña en llevarnos al huerto, —ya salió la política, aunque un líder puede serlo de otras cosas—, lo más probable es que lo consiga.
¿Cómo? o mejor, ¿por qué?
Porque si es «líder indiscutible», significa dos cosas 1) nos dirige y 2) nadie osa plantarle cara.
No obstante, me querría detener ahora en la segunda parte de la afirmación, la del huerto, y plantear abiertamente ¿tienen huerto todos los dirigentes? ¿qué cultivan? ¿a qué viene tanto interés por llevarnos a conocerlo?

Por último, si consiguen su propósito ¿querremos atraer hasta allí a más gente?

domingo, 31 de marzo de 2013

Sobran horas, pero falta tiempo para el sosiego



Cuento hasta diez, y no consigo descabrearme. Hasta veinte, y tampoco; además, nunca llego, porque mi mente cambia enseguida a otro tema, también muy irritante: he de recoger los restos de la fiesta de anoche. 
Para colmo, alguien me afanó una hora de sueño para ahorrar energía.
Me refugio en twitter, y peor, los TT son larguísimos, insulsos, de fútbol, o del puñetero granhermano que todo lo ve.
Aún me queda la respiración abdominal... uno, dos, ... quince segundos para inspirar, otros quince para espirar. Me mareo. 
¿Cuál era el motivo del disgusto? se me ha pasado. 
Redactar posts sosiega. 

sábado, 30 de marzo de 2013

Sed fugit interea fugit irreparabile tempus



—    En tal caso, espabila, no sea que se te escape el tren, le dijo su hermana.
—    Tranquila, aún es pronto, y no hay casi tráfico. Llegaré a tiempo, y todavía me sobrará para tomarme un café.
Era obvio que Juan no se estresaba por nada, ni siquiera aquel día, en que recibió la llamada de su superior, que lo apremiaba a presentarse a un capítulo urgente de su congregación en plenas vacaciones.
Había llegado su hora, y él lo sabía.
No necesitaba correr, porque lo esperarían, sin duda. Los tiempos eclesiásticos se miden con otros relojes. Pronto cambiaría su vida.

viernes, 29 de marzo de 2013

Equilibrio


El viejo marinero buscaba el equilibrio apoyándose en una botella del ron más barato. La sensación que lograba se acercaba mucho a la de caminar sobre la cubierta del barco. Por eso, cuando estaba en tierra acudía con creciente frecuencia a este artificio, que lo estabilizaba durante los cada vez más prolongados períodos sin faenar, obligado por la puñetera crisis del sector.
Con el ron desplejaba también su desesperación, pues los pensamientos eran incapaces de entretejerse para formar ideas completas. Dadas sus circunstancias, eso podía ser bueno.
O muy malo, como reflejó al día siguiente el informe de su autopsia.