
Lo preconcebido quiso dirigirse a lo inconcebible, para narrarle cuánto sufría. Su porvenir era como su presente: previsible, inamovible, invariable y limitado, de mente estrecha, firme y sin perspectivas. Tenía envidia porque lo inconcebible, a pesar de ser inviable, abría grandes posibilidades a la imaginación, a la literatura, al arte, a lo infinito, a lo microscópico o, incluso, al futuro. Ya había ocurrido antes, cuando algún ente utópico llegó a ser concebido en un útero mental y genial que le dio una inesperada existencia liberadora.
Tanto padecía, que decidió —¿era posible?— negarse a existir, disolviéndose en un ataque de espontaneidad.