
Salvo por las películas, pocos de menos de veinte años conocen, han visto o, incluso, tocado nunca un telegrama.
Tal comunicación rauda, casi inmediata para esos tiempos, llegaba el mismo día, o antes. El remitente se personaba en Correos, rellenaba un impreso escogiendo las frases precisas, cual SMS precursor, usando una casilla por letra, y pagaba según las palabras empleadas y su destino. Se reservaba para noticias urgentes, malas casi siempre.
Mi bancario conocido —carezco de amigos del sector—, me contó que aún se usa, ahora para notificar embargos y similares. Prefiero no volver a verlo nunca, el telegrama.

















